Levantar el pavimento antiguo o colocar sobre él
La primera decisión al cambiar un suelo es qué hacer con el que ya existe. Levantarlo genera polvo, ruido y escombro, pero deja ver el estado real del soporte, permite corregir desniveles y mantiene la altura original. Colocar el nuevo pavimento encima es más rápido y limpio, aunque solo es viable si la base es firme y plana.
Para comprobarlo se golpean las baldosas una a una: un sonido hueco indica que han perdido adherencia, y una pieza suelta bajo un suelo nuevo acabará transmitiendo movimientos o rompiendo el revestimiento superior. También hay que pensar en el espesor añadido, porque afecta a todo lo que está en contacto con el suelo:
- Las puertas de paso, que casi siempre hay que rebajar.
- La puerta de entrada, cuya relación de altura con el rellano no siempre puede modificarse.
- Los rodapiés, que deben sustituirse o recolocarse.
- Los muebles de cocina y el hueco del lavavajillas, que pierden altura.
- Los encuentros con estancias en las que el suelo no se cambia.
El soporte decide cuánto dura un suelo
Un pavimento nuevo solo es tan bueno como la base sobre la que se coloca. La planitud es la primera exigencia: los suelos flotantes acusan cualquier desnivel con crujidos y juntas que se abren, y las baldosas de gran formato muestran cejas entre piezas si el soporte tiene ondulaciones. Cuando hay diferencias de altura se corrigen con mortero autonivelante o con un recrecido, que necesita su tiempo de secado antes de continuar.
La humedad, enemiga de la madera y el vinílico
Los recrecidos de mortero retienen agua durante semanas, y la madera colocada sobre un soporte húmedo se hincha, se abomba o se despega. Antes de instalar tarima o vinílico pegado es recomendable medir la humedad del soporte con un higrómetro y compararla con lo que admite el fabricante. En plantas bajas, sobre locales sin calefacción o sobre soleras en contacto con el terreno, se coloca además una barrera de vapor que impida que la humedad ascienda.
Materiales: qué esperar de cada uno
Cerámica y gres porcelánico
Son los más duraderos frente al desgaste, el agua y las manchas, y sirven para cualquier estancia. El porcelánico tiene una absorción muy baja y consigue imitaciones convincentes de madera o piedra. Su punto débil es la dureza al pisar y la sensación de frío sin calefacción, además de una colocación más laboriosa.
Tarima maciza y de ingeniería
La maciza está hecha de una sola pieza de madera y puede lijarse y barnizarse varias veces a lo largo de su vida. La de ingeniería combina una capa superior de madera noble con un alma estable, lo que la hace menos sensible a los cambios de humedad y apta para más situaciones.
Laminado
Reproduce la imagen de la madera sobre un tablero de alta densidad. Es asequible y resistente al rayado según su clase de uso, aunque no tolera bien el agua estancada y no se puede restaurar cuando se daña.
Vinílico
Ha ganado mucho terreno por su resistencia al agua, su ligereza y su escaso espesor, que lo hace interesante para colocar sobre suelos existentes. Existen versiones flexibles para pegar y versiones rígidas con sistema de clic.
Flotante, pegado o clavado
La forma de colocación depende del material y de la estancia. En un suelo flotante, las lamas se unen entre sí y descansan sobre una base aislante sin fijarse al soporte; es el sistema habitual del laminado, de buena parte de la tarima de ingeniería y del vinílico rígido. Exige dejar una junta perimetral junto a las paredes para que el suelo pueda dilatar, junta que luego oculta el rodapié. Si esa holgura se elimina, el suelo se levanta en cuanto cambia la humedad del ambiente.
La cerámica y el porcelánico se pegan con cemento cola, y en piezas grandes se recomienda el doble encolado, extendiendo adhesivo tanto en el soporte como en el reverso de la baldosa para que no queden huecos. La tarima maciza puede pegarse con adhesivo específico o clavarse sobre rastreles, el método tradicional en muchos pisos antiguos. En superficies amplias y en los cambios de estancia se intercalan juntas de movimiento y perfiles de transición.
Suelo radiante y ruido entre vecinos
Si la vivienda tiene calefacción por suelo radiante, el pavimento tiene que dejar pasar el calor. La cerámica es la mejor opción por su conductividad; la tarima de ingeniería y algunos laminados y vinílicos son compatibles siempre que el fabricante lo indique expresamente, y la madera maciza de mucho grosor suele desaconsejarse.
En pisos, el ruido de impacto es otro aspecto que se olvida con facilidad. Pasos, tacones y sillas que se arrastran se transmiten al vecino de abajo, sobre todo con suelos duros pegados directamente al forjado. Una lámina anti-impacto bajo el pavimento reduce mucho esas molestias y es una forma sencilla de evitar conflictos en la comunidad.
Detalles que se notan una vez terminado
Un buen suelo se reconoce en los remates. Antes de colocar la primera pieza se hace un replanteo para que los cortes queden en zonas poco visibles, como bajo los muebles o junto a la pared de entrada, y no en el centro del salón o en el umbral de una puerta. La dirección de las lamas también cuenta: colocarlas en el sentido de la luz que entra por la ventana disimula las juntas, y orientarlas a lo largo de la estancia la hace parecer más profunda.
El rodapié cierra el trabajo. Los de madera maciza o lacados en blanco son los más habituales con tarima, mientras que con cerámica se suelen usar piezas del mismo material. Por último, después de cambiar el suelo hay que revisar todas las puertas: si rozan o quedan con demasiada holgura, el ajuste se hace en ese momento, antes de dar la obra por terminada.









































