Los daños más habituales en una fachada envejecida
Una fachada se degrada despacio y casi siempre avisa. El problema es que muchas de esas señales parecen solo estéticas hasta que un trozo de revestimiento se suelta. Estas son las patologías que con más frecuencia obligan a sanear y reparar.
Fisuras y grietas
Se suele llamar fisura a la abertura fina que afecta solo al revestimiento, y grieta a la que es más ancha o atraviesa el muro. Las fisuras en forma de mapa o de tela de araña suelen deberse a la retracción del mortero o a un enfoscado mal ejecutado. Las grietas rectas, inclinadas o que siguen la línea de los forjados pueden indicar movimientos de la estructura, asientos de la cimentación o dilataciones que el edificio no tiene dónde absorber.
Revestimientos huecos y desprendimientos
Cuando el enfoscado pierde adherencia con el ladrillo de base, al golpearlo suena a hueco. Al principio no se aprecia nada, pero el agua que entra por cualquier fisura, unida a los ciclos de hielo y deshielo, termina abombando la capa y desprendiéndola en placas que pueden caer a la calle.
Armaduras oxidadas en frentes de forjado, balcones y cornisas
Es la patología más delicada. Con los años, el hormigón se carbonata desde la superficie y deja de proteger el acero que lleva dentro. Si además hay humedad, las armaduras se oxidan, el óxido ocupa bastante más volumen que el acero original y empuja el recubrimiento hasta romperlo. Las manchas de óxido, las fisuras paralelas al borde de un forjado o los trozos de hormigón que saltan en los cantos de los balcones son el aviso más claro.
Antes de picar, entender qué está pasando
Reparar sin diagnosticar es la mejor forma de volver a encontrarse el mismo problema al cabo de pocos años. La inspección empieza por un recorrido visual de toda la fachada, a ser posible de cerca, y sigue con el sondeo por percusión: se golpea suavemente el revestimiento con un martillo o una maza de goma y se marcan las zonas que suenan a hueco.
Con las grietas importa saber si están activas o estabilizadas. Para ello se colocan testigos o fisurómetros que permiten comprobar, durante semanas o meses, si la abertura sigue creciendo. Una grieta viva no se arregla con mortero, porque el movimiento la volverá a abrir; primero hay que estudiar la causa, y en esos casos conviene que intervenga un arquitecto o un arquitecto técnico. En edificios con cierta antigüedad, el informe de la inspección técnica que exigen los ayuntamientos es un buen punto de partida, ya que recoge las deficiencias detectadas en la fachada.
Cómo se sanea correctamente una zona dañada
Sanear consiste en eliminar todo el material que ha perdido su función hasta llegar a un soporte firme. En una reparación de hormigón con armaduras afectadas, el orden de trabajo suele ser este:
- Delimitar la zona dañada y picar el hormigón o el mortero deteriorado, sin dejar bordes en ángulo agudo que luego se desprendan.
- Descubrir las armaduras oxidadas por todo su contorno y en toda la longitud afectada, hasta encontrar acero sano.
- Limpiar el óxido con cepillo metálico o chorreado, hasta dejar el metal limpio.
- Aplicar sobre el acero un tratamiento pasivante o inhibidor de la corrosión.
- Humedecer el soporte o aplicar un puente de unión, según indique el sistema elegido.
- Reconstruir el volumen con mortero de reparación, por capas y respetando los espesores máximos.
- Regularizar la superficie y aplicar un acabado protector.
Cuando una armadura ha perdido mucha sección por la corrosión, ya no basta con limpiarla y protegerla: habrá que reforzarla o sustituirla, y esa decisión corresponde a un técnico.
Morteros de reparación: cuál usar en cada caso
Un mortero de albañilería convencional no está pensado para reparar hormigón. Los morteros de reparación se fabrican con resinas, fibras y aditivos que mejoran la adherencia, reducen la retracción y permiten aplicarlos en vertical o en el canto de un forjado sin que se descuelguen. La norma UNE-EN 1504 los clasifica en clases: las R1 y R2 corresponden a reparaciones no estructurales, y las R3 y R4, a las que deben colaborar con el elemento reparado.
En fachadas antiguas de fábrica de ladrillo con morteros de cal la lógica es otra. Reparar con morteros de cemento muy rígidos e impermeables crea zonas que se comportan de manera distinta al resto del muro, retienen la humedad en sus bordes y acaban provocando nuevos desprendimientos alrededor del parche. En estos casos lo adecuado son morteros de cal o morteros mixtos compatibles con el soporte original.
Cornisas, balcones y aleros: los puntos con más riesgo
Los elementos que vuelan sobre la calle concentran buena parte de las reparaciones urgentes. Reciben agua por arriba y por abajo, acumulan suciedad y, si se rompen, caen directamente sobre la acera. En los balcones de losa de hormigón el daño suele empezar por la cara inferior, donde las armaduras están más cerca de la superficie, y en las cornisas de molduras de mortero, por las juntas entre piezas.
Al reparar estos elementos hay que recuperar el goterón, esa pequeña ranura o resalte en la cara inferior del borde que obliga al agua a caer en lugar de seguir resbalando hacia la fachada. Muchos frentes de forjado se deterioran precisamente porque el goterón desapareció en una reparación anterior. También es habitual que las barandillas metálicas empotradas se oxiden dentro del hormigón y lo revienten, de modo que conviene revisar sus anclajes.
Cuando hay peligro para los peatones
Si se ha desprendido un trozo de fachada o hay piezas a punto de caer, lo primero no es reparar, sino eliminar el riesgo. Se baliza la zona de posible caída, se retiran a mano los fragmentos sueltos y, si la situación lo exige, se colocan redes o viseras provisionales hasta que se pueda acometer la reparación definitiva. En casos graves pueden intervenir los bomberos para retirar los elementos peligrosos. El propietario o la comunidad tienen el deber de mantener el edificio en condiciones de seguridad, así que no conviene aplazar estas medidas.
Por qué algunas reparaciones vuelven a fallar
Los parches que se sueltan al cabo de pocos inviernos casi siempre responden a los mismos errores: no se ha eliminado la causa del daño, como una bajante que filtra o un vierteaguas sin pendiente; se ha usado un mortero incompatible con el soporte; las armaduras se han tapado sin limpiarlas del todo, o se ha rellenado con material rígido una grieta que seguía moviéndose. Una buena reparación empieza por cortar la entrada de agua y termina con un acabado que proteja el conjunto, no solo el parche.








































