Por qué un cristal limpio dura tan poco
Cualquiera que viva en Madrid lo ha comprobado: bastan unas semanas para que los cristales recién limpiados vuelvan a verse opacos. La culpa la tienen varias cosas a la vez. El tráfico deja una película grasa de partículas que se adhiere al vidrio; el polen de la primavera forma un velo amarillento; los episodios de calima traen polvo en suspensión que, con la primera lluvia, se convierte en gotas de barro que se secan sobre el cristal. A eso se suman las salpicaduras del riego o de las jardineras del vecino de arriba, los insectos, las huellas de manos y, en el interior, la grasa de la cocina y el vaho que se condensa en invierno.
Entender de dónde viene la suciedad ayuda a limpiarla bien. La grasa pide un producto que la disuelva; la cal, uno ligeramente ácido; y el polvo seco, sobre todo, no frotarlo en seco para no rayar el vidrio.
Las herramientas del oficio
La diferencia entre un cristal limpio y uno lleno de cercos está, en buena medida, en las herramientas. El equipo básico de un limpiacristales profesional es este:
- Mojador o lavador: una funda de microfibra o de tejido absorbente montada sobre una barra, que reparte la solución de limpieza y afloja la suciedad.
- Rasqueta de goma: el limpiacristales de toda la vida, con un labio de goma blando y perfectamente recto que retira el agua en una sola pasada. Una goma mellada deja rayas, así que se cambia con frecuencia.
- Raspador de cuchilla: para restos de pintura, cemento o pegatinas, siempre con el vidrio mojado y en un solo sentido.
- Bayetas de microfibra: para repasar bordes y esquinas sin dejar pelusas.
- Pértigas telescópicas: permiten llegar a cristales altos desde el suelo, con mojador y rasqueta o con un cepillo alimentado con agua osmotizada.
La técnica también cuenta. La rasqueta se pasa con un ligero ángulo, manteniendo la goma siempre en contacto con el vidrio, y se seca el labio con un paño entre pasada y pasada. En los cristales grandes se trabaja describiendo una «S» continua para no dejar líneas intermedias.
El agua osmotizada y por qué no deja marcas
El agua del grifo contiene sales disueltas, principalmente de calcio y magnesio. Cuando una gota se seca sobre el cristal, el agua se evapora pero las sales se quedan, y eso son los típicos cercos blanquecinos. El agua osmotizada, o agua pura, pasa por un proceso de ósmosis inversa y desionización que elimina prácticamente todos los minerales. Al secarse no deja residuo, de modo que no hace falta pasar la rasqueta: basta con cepillar el cristal y aclararlo.
Este sistema se usa con pértigas de fibra de vidrio o de carbono por cuyo interior circula el agua hasta un cepillo situado en la punta. Permite limpiar cristales de varias plantas desde el suelo, sin escaleras, y resulta muy eficaz en fachadas acristaladas, escaparates y lucernarios. Además, no necesita detergente, lo que evita restos de jabón que atraen el polvo. Su límite está en la suciedad incrustada: grasa espesa, restos de obra o cal antigua necesitan un tratamiento previo antes de pasar al agua pura.
Manchas difíciles y vidrios que necesitan un trato especial
Restos de obra, cal y adhesivos
Tras una reforma o un cambio de ventanas, los cristales suelen quedar con salpicaduras de pintura, mortero, yeso o silicona y con restos de las etiquetas del fabricante. Lo correcto es humedecer bien la superficie, retirar los restos con cuchilla y productos específicos y no frotar nunca en seco, porque el polvo de obra contiene arena que raya el vidrio. Las manchas de cal antiguas, endurecidas por el sol, se tratan con productos ligeramente ácidos formulados para vidrio, protegiendo antes los marcos de aluminio o de madera.
Vidrios templados, con capas y con láminas
No todos los cristales admiten el mismo trato. El vidrio templado, muy habitual en puertas, mamparas y grandes ventanales, puede tener en la superficie diminutas partículas del proceso de fabricación que la cuchilla arrastra y convierte en arañazos, por lo que conviene limitar su uso. Algunos vidrios de control solar o autolimpiables llevan una capa en la cara exterior que no tolera abrasivos ni ciertos productos. Y las láminas adhesivas, ya sean de seguridad, de privacidad o de control solar, se rayan con facilidad: se limpian con microfibra, agua jabonosa suave y una rasqueta blanda, sin cuchillas ni amoniaco.
Marcos, guías y juntas: lo que se queda sin limpiar
Un ventanal con el vidrio reluciente y el marco lleno de polvo no está limpio del todo. Además, la carpintería necesita atención por motivos prácticos, no solo estéticos. En las ventanas correderas, las guías acumulan tierra, restos vegetales e insectos que dificultan el deslizamiento y desgastan los rodamientos. En el perfil inferior hay unos orificios de drenaje por los que sale el agua de lluvia; si se taponan, el agua se acumula y acaba entrando en casa por debajo de la hoja.
Cada material tiene su forma de limpiarse:
- Aluminio: agua con detergente neutro y paño suave. Los estropajos y los productos abrasivos rayan el lacado o el anodizado.
- PVC: también agua jabonosa; los disolventes y la lejía concentrada amarillean el perfil.
- Madera: un paño apenas húmedo y secado inmediato, revisando el estado del barniz o de la pintura para retocarlo antes de que entre el agua.
Las juntas de goma que sujetan el vidrio agradecen una limpieza suave y, de vez en cuando, un producto que las mantenga flexibles. Una junta reseca o agrietada deja pasar aire y agua.
Cada cuánto conviene limpiarlos
La frecuencia depende del uso y del entorno más que de una norma fija. En una vivienda suele bastar con una limpieza exterior cada dos o tres meses y otra a fondo en primavera, cuando ha pasado el polen, aunque las ventanas que dan a una calle con mucho tráfico o a una obra cercana piden más atención. Los escaparates y las puertas de los locales comerciales, que son la carta de presentación del negocio y reciben huellas a diario, se limpian por dentro muy a menudo y por fuera al menos cada pocas semanas. Después de un episodio de calima o de lluvia de barro conviene limpiar pronto, antes de que el sol fije el polvo al vidrio.
Seguridad: el riesgo de asomarse demasiado
Limpiar la cara exterior de una ventana desde dentro es una causa frecuente de caídas domésticas. Las ventanas abatibles y oscilobatientes permiten limpiar ambas caras desde el interior girando la hoja, y muchas correderas pueden desmontarse o desplazarse para alcanzar la cara exterior sin sacar el cuerpo. Cuando no es así, o cuando se trata de ventanales fijos, lucernarios o fachadas acristaladas, la limpieza exige medios adecuados: pértigas desde el suelo, plataformas elevadoras, andamios o técnicos que trabajan suspendidos con cuerdas.









































