Todo empieza por el soporte
La calidad de un suelo o de un alicatado se decide en buena parte antes de abrir la primera caja de baldosas. El soporte sobre el que se van a colocar, ya sea un recrecido de mortero, un enfoscado, una placa de yeso laminado o un pavimento antiguo, tiene que ser resistente y suficientemente plano, y debe llegar limpio y seco al momento de la colocación. Cualquier defecto que quede debajo acaba reflejándose en la superficie: piezas que sobresalen respecto a sus vecinas, zonas que suenan huecas o fisuras que atraviesan la cerámica.
La planeidad se comprueba con una regla larga apoyada en varias direcciones. Las pequeñas irregularidades se absorben con el propio adhesivo, pero los desniveles importantes deben corregirse antes con un mortero de regularización o, en suelos, con un autonivelante. También hay que eliminar restos de pintura, polvo, grasa o yeso suelto, porque el adhesivo se agarra a lo primero que encuentra, y si eso se desprende, la baldosa se va con ello.
Qué baldosa elegir según el lugar
El catálogo de cerámica es enorme, pero no todas las piezas sirven para cualquier sitio. Conviene fijarse en las características técnicas además de en el diseño.
Suelos interiores
El gres porcelánico es hoy la opción más extendida por su baja absorción de agua y su resistencia al desgaste. El gres esmaltado también funciona bien en viviendas, siempre que su resistencia a la abrasión sea adecuada para el tránsito previsto: un pasillo o una cocina sufren mucho más que un dormitorio.
Paredes de baño y cocina
En revestimientos se usan con frecuencia azulejos de pasta blanca o roja, más ligeros y fáciles de cortar, aunque cada vez es más común llevar el porcelánico también a las paredes para dar continuidad con el suelo. En ese caso, el peso de las piezas obliga a ser especialmente cuidadoso con el adhesivo.
Terrazas y exteriores
Fuera de casa, la baldosa tiene que soportar heladas, sol y agua. Se necesitan piezas resistentes a la helada y con un grado de resbaladicidad adecuado. El Código Técnico de la Edificación establece clases de resbaladicidad mínimas según el uso y la ubicación del suelo, con exigencias mayores en zonas exteriores y húmedas. Esa exigencia está pensada sobre todo para edificios de uso público y no para el interior de una vivienda, pero es una referencia muy útil para elegir.
El adhesivo, tan importante como la pieza
El antiguo mortero de cemento y arena colocado a pelladas ha dado paso a los adhesivos cementosos, conocidos popularmente como cemento cola. La norma europea los clasifica con unas letras y números que aparecen en el saco y que conviene saber interpretar:
- C1: adhesivo cementoso de prestaciones normales, válido para piezas porosas y de pequeño tamaño en interiores.
- C2: adhesivo mejorado, con mayor adherencia, necesario para porcelánicos y formatos grandes.
- T: deslizamiento reducido, útil en paredes para que las piezas no descuelguen.
- E: tiempo abierto ampliado, que da más margen para colocar.
- S1 o S2: deformabilidad, recomendable sobre soportes con movimiento, suelo radiante o exteriores.
Con piezas grandes se aplica la técnica del doble encolado: se extiende adhesivo tanto sobre el soporte como en el reverso de la baldosa, de modo que no queden huecos debajo. Una baldosa apoyada solo sobre unos cordones de cola tiene más riesgo de partirse con un golpe o de despegarse con el tiempo. Además, el adhesivo debe extenderse con la llana dentada adecuada al tamaño de la pieza y usarse dentro de su tiempo abierto: si se forma una película seca en la superficie, ya no agarra.
El replanteo decide cómo se verá el resultado
Antes de pegar nada, conviene presentar las piezas en seco o dibujar el despiece sobre el soporte. El objetivo es que los cortes queden en las zonas menos visibles, que no aparezcan tiras estrechas junto a una pared o en el umbral de una puerta y que las juntas casen con elementos como el plato de ducha, una ventana o el eje de una encimera. En estancias que no son del todo rectangulares, algo frecuente en pisos antiguos, el replanteo ayuda a repartir el desvío para que no se concentre en una sola pared.
La colocación a matajunta con piezas alargadas, como las que imitan madera, tiene su propio criterio: desplazar cada hilada la mitad de la pieza puede acentuar la ligera curvatura que presentan algunas baldosas, por lo que los fabricantes suelen recomendar desplazamientos menores.
Juntas de colocación y juntas de movimiento
La cerámica, el soporte y el propio edificio se mueven con los cambios de temperatura y humedad. Por eso no se debe colocar a «junta cero» ni pegar las piezas contra las paredes. Entre baldosas se deja una junta de colocación cuyo ancho depende del formato y de si las piezas están rectificadas, y en todo el perímetro se respeta una junta que después queda oculta por el rodapié.
En superficies amplias, terrazas o suelos con calefacción radiante también son necesarias juntas de movimiento intermedias, que dividen el pavimento en paños y se rellenan con un material elástico. Además, hay que respetar siempre las juntas estructurales del edificio y trasladarlas al pavimento. Ignorarlas es una de las causas más comunes de baldosas levantadas o agrietadas.
Rejuntado, limpieza y primeros días
El rejuntado se hace cuando el adhesivo ha endurecido lo suficiente, siguiendo los tiempos del fabricante. Los morteros de rejuntado cementosos son los más habituales y se ofrecen en muchos colores; los epoxi resisten mejor las manchas y los productos químicos, lo que los hace muy adecuados en cocinas o duchas, aunque su aplicación es más laboriosa. El exceso se retira con una esponja húmeda antes de que fragüe, y el velo de cemento que queda se elimina después con un limpiador específico, respetando las indicaciones del fabricante de la baldosa.
Durante los primeros días conviene evitar cargas pesadas y el arrastre de muebles sobre el suelo recién colocado, y proteger la superficie si en la vivienda siguen trabajando otros oficios.









































